Los amigos que dejamos en La Habana

Noa: (Entra al despacho con la mirada clavada en el móvil, visiblemente emocionada, y se sienta al borde de la mesa) Oye, Fran… acabo de volver a leer «Memorias de un tablero en La Habana» y esta vez me ha dejado un nudo en la garganta. Qué historia tan increíble.

Fran: (Levanta la vista del teclado, sorprendido por el tono de Noa, y sonríe con nostalgia) Gracias, Noa. Es un pedacito de mi vida muy especial. La Habana marca a cualquiera, pero los años que pasé allí trabajando en la Embajada de España… esos no se olvidan.

Noa: Es que me he quedado pensando en lo que cuentas. A veces vemos a la gente que trabaja en las embajadas como personas muy serias, de traje, papeleo y protocolo. Pero tú allí lo que hiciste fue tender puentes con lo que más te apasiona. ¡Montaste una revolución alrededor de un tablero!

Fran: (Se le iluminan los ojos) Bueno, no sé si una revolución, pero el ajedrez tiene un idioma universal. Da igual de dónde seas o a qué te dediques; frente a las sesenta y cuatro casillas todos somos iguales. En la Embajada descubrí que una partida era la mejor forma de romper el hielo, de escuchar y de hacer amigos de verdad. Y vaya si los hice. Gente extraordinaria, cubanos, españoles, diplomáticos y vecinos del barrio con los que compartí tardes enteras analizando jugadas y, sobre todo, compartiendo la vida.

Noa: ¡Eso es lo que más me ha conmovido! Mientras leía, pensaba en toda esa gente. En los amigos que descubrieron el ajedrez gracias a ti, en los que ya sabían jugar y encontraron en tu tablero un refugio para charlar de todo un poco. Fran… ¿tú crees que alguno de ellos leerá tu blog desde Cuba o desde cualquier otra parte del mundo donde estén ahora?

Fran: (Se queda un momento en silencio, mirando de reojo un viejo tablero que tiene en la estantería) Ojalá, Noa. No pasa un solo día sin que me pregunte qué habrá sido de fulano o si mengano seguirá abriendo la partida con el peón de rey. El tiempo y la distancia difuminan las cosas, pero el cariño se queda intacto. Sería el mejor regalo del mundo que este artículo cruzara el Atlántico y que alguno de esos viejos amigos viera que no me olvido de ellos.

Noa: (Se inclina hacia delante, entusiasmada) ¡Pues hay que decírselo claro! Si estás leyendo esto y compartiste una tarde, un café, una confidencia o una apertura de caballo con Fran en la Embajada… ¡tenéis que manifestaros! Tenéis que escribir aquí abajo, en los comentarios, y recordarnos cómo fue vuestra experiencia. Y para los que simplemente aman el ajedrez, contadnos: ¿qué es lo más bonito que os ha regalado este juego? Porque yo me he quedado con ganas de saber mucho más sobre esa Cuba de los escaques. ¿Vas a contarme más historias de esa época, Fran?

Fran: (Sonríe con franqueza, emocionado) Si ellos se animan a escribir y a recordar conmigo… te prometo que esto es solo el primer movimiento de la partida. Hay muchas historias que se quedaron guardadas en ese tablero de La Habana.

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