Un monstruo de ocho patas en la escuela:
A simple vista, Noa no era una niña común, aunque ella misma no se diera cuenta.
Mientras los demás niños de su clase caminaban mirando al suelo, buscando cromos perdidos o pateando piedras, Noa caminaba con la barbilla apuntando a las nubes. Prefería desafiar la gravedad con la mirada, buscando en el cielo respuestas a preguntas que los adultos ni siquiera se atrevían a formular: *¿Por qué el cielo no se cae? ¿Si salto muy alto en un día de mucho viento, podría flotar? *
Físicamente, parecía encajar en el molde. Llevaba el uniforme del colegio impecable y el pelo recogido en dos trenzas clásicas que le daban un aire de niña de anuncio. Pero la ilusión óptica se rompía en cuanto bajabas la mirada: bajo la falda del uniforme, Noa llevaba unas gruesas rodilleras de patinador y, en los pies, unas botas de montaña cubiertas por una costra de barro seco de la que se sentía muy orgullosa.
Esa misma mañana, su madre había intentado que se pusiera unos zapatos de charol.
—Noa, por favor, ten cuidado y no te ensucies hoy —le había pedido.
Noa la había mirado con su lógica aplastante, ladeando la cabeza:
—Pero, mamá, la lavadora existe para algo, ¿no? Si no me ensucio, la lavadora se va a aburrir y se estropeará. Es pura mecánica.
Y con esa misma lógica operaba Noa en su día a día. Lo llevaba en el nombre. «Noa» no era solo un nombre bonito; en idiomas antiguos significaba *movimiento*, *moción*. Y vaya si se movía.
La prueba definitiva de que el Universo de Noa funcionaba con reglas distintas a las del resto ocurrió un martes a las diez y cuarto de la mañana, durante la clase de Matemáticas.
El profesor, don Ernesto, estaba escribiendo una aburrida fracción en la pizarra cuando un grito agudo rompió el silencio. No fue un niño. Fue Lucas, el capitán del equipo de fútbol, que estaba pálido como el papel y señalaba temblando hacia la ventana.
Un silencio aterrador inundó el aula. Allí, caminando por el cristal con la seguridad de quien es dueño del colegio, había un insecto. No era una simple araña. Era un espécimen peludo, rápido y del tamaño de una ciruela grande.
—¡UN MONSTRUO! —gritó alguien.
En menos de tres segundos, el caos absoluto se apoderó de la clase de Cuarto B. Las sillas cayeron al suelo. Los niños, que normalmente se hacían los valientes en el patio, treparon a sus pupitres gritando. Las niñas se abrazaban entre sí horrorizadas. Hasta don Ernesto, olvidando toda su dignidad de profesor, dio un salto espectacular y se encaramó a su silla abrazando el borrador de la pizarra como si fuera un escudo.
—¡Que alguien haga algo! —chilló Lucas desde lo alto de su mesa—. ¡Va a saltar! ¡Esa cosa tiene alas invisibles, seguro!
Noa, que estaba sentada en la tercera fila, suspiró. Miró a sus compañeros subidos a las mesas, luego al profesor temblando, y finalmente a la araña, que parecía igual de asustada que ellos por tanto griterío.
Sin decir una palabra, Noa se levantó de su asiento. Sus botas de montaña resonaron en el suelo del aula vacía de pies. Agarró un vaso de plástico transparente de su mochila y arrancó una hoja de papel de su cuaderno.
—Tranquilos todos —dijo Noa con voz calmada, caminando hacia la ventana—. Solo está desorientada. No sabe de fracciones.
Los demás la miraban como si fuera a enfrentarse a un dragón que escupía fuego. Noa se acercó al cristal. Con una técnica impecable y suave que parecía sacada de un documental de naturaleza, colocó el vaso sobre la araña, atrapándola sin hacerle el más mínimo daño, y deslizó la hoja de papel por debajo para cerrar la trampa.
Levantó el vaso. El insecto correteaba por el plástico, confundido.
Noa acercó su rostro al vaso y, ante la mirada atónita de sus compañeros, le dio unos golpecitos con el dedo.
—Escúchame bien, amiga —le susurró Noa a la araña en un tono motivacional—. Este no es tu sitio. Aquí solo hay niños gritones y tiza. Tienes ocho patas maravillosas y todo un mundo ahí fuera para construir telarañas épicas. Eres una cazadora, no te conformes con un aula de Matemáticas. ¡Tú vales más!
Acto seguido, Noa abrió la ventana, sacó la mano y, con un movimiento elegante, soltó a la araña en el jardín del colegio.
Cerró la ventana, se sacudió las manos y se giró hacia la clase. Todos seguían subidos a las mesas, congelados como estatuas, mirándola con la boca abierta.
—Asunto resuelto —anunció Noa con naturalidad—. Don Ernesto, ¿puede bajar de la silla ya? Creo que la lavadora del colegio no podrá quitarle el polvo de los zapatos si sigue pisando ahí arriba.
Ese era el efecto Noa. No mandaba, no daba órdenes, pero siempre tenía el control. Y mientras todos volvían a sus sitios, aun temblando y mirándola con una mezcla de respeto y absoluto desconcierto, Noa simplemente volvió a mirar por la ventana hacia el cielo.
Una nube con forma de nave espacial acababa de pasar, y ella tenía demasiadas preguntas importantes que hacerse como para preocuparse por simples arañas.

Deja un comentario